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Extensión de la memoria

09:28 PM - 31 de enero de 2010

Cuento de José Ropero Alsina


Imagen Noticia
José Ropero Alsina 
Mi papá dice que él no hubiera sido él, si no hubiera sido por su madrina, que estuvo presente en su vida hasta el día que se la llevó el carajo de un infarto.
Entre los recuerdos que no se le escapan, están las idas y venidas al río a recoger piedras de colores, a espantar los peces con un palo y hacer corretear las lagartijas.
Dice que los ratos pasados con su madrina fueron una tenacidad: Gomiaítas en el medio de sus piernas, versos de pie quebrado, cuentos de espantos y otros goces que quizá él no vuela a experimentar por algún tiempo.
 
Con su madrina papá aprendió a hacer el amor. A escribir las vocales con palitos de colombinas  y a recitar en voz alta versos de pie quebrado; las vocales, el abecedario, los números del uno al quinientos, el cubo, el rombo, el cuadrado, el rectángulo. Mejor dicho, dice que no conoció mejor escuela de primaria que el estar con su madrina.
 
Durante la secundaria papá extrañó mucho a su madrina. No había uno, ni siquiera uno de los profesores, que tuviera los quilates de ella, por eso se aburría mucho en las clases. Cuando terminó de estudiar, se fugó de inmediato para tierra caliente a negociar pescado. Vendía al por mayor y al detal en cualquier calle de los pueblos del Magdalena. Un día cuando le hacía un petate a una señora, desde luego, de una venta, reconoció en la envoltura la foto de su madrina. "De un tiro en la cabeza, perdón de un infarto cardíaco muere profesora..." y no quiso seguir leyendo el Vespertino.
 
¡Ah carcama! Se murió tu madrina y ni siquiera fuiste a su entierro. Dizque expresó mi papá para sus adentros, mientras observaba el sol que quemaba los cimientos de ese polvoroso pueblo del Magdalena.
 
Mi viejo es sencillo en eso salió igualito a mí. Mi papá es diferente en su modo de pensar al resto de viejos que nacieron después del veinte. Mi viejo es cuidadoso con las palabras. Mi viejo es cuidadoso con los recuerdos. Cuida sus recuerdos como cuida los frutales de su parcela, una pequeña "burbuja de amor" que tiene por los bajos de la carretera circunvalar.
 
El día que me contó de la muerte de su madrina estaba lipermaníatico. Dejaba escapar entre palabra y palabra gruesas gotas que se quedaban enredadas en sus anteojos de botella: "le gustaban los mangos tiernos con sal. Me enseñó de todo, porque según ella, yo, debía saber de todo. Me enseñó las vocales con palitos de colombinas, los colocaba uno a uno en el suelo pelado y me decía: "esta es la A, y esta es la E, y esta es la I, y esta es la O, y esta es la U". Después me enseñó con los mismos palitos, el abecedario y cuando me lo sabía al derecho y al revés me enseñó a escribir mi nombre y mis apellidos".
 
¡Pobrecito mi papá! Lo compadezco. En este tiempo poco se llora, y si lloramos, es porque nos lo exige el protocolo.
 
Les cuento que yo también hubiera llorado si me hubiera ocurrido un caso como el que le pasó a mi papá.
 
    -Amado Fausto -escrito en el suelo pelado.
    -Amado -en voz alta.
    -Fausto -gritando.
 
Cuenta mi papá que, qué cosa. La musicalidad de su nombre dizque lo hizo estremecer. Cuando escuchaba su propio nombre sentía como si se le hubiera agrandado la casa.
 
Todo tenía sentido los cuentos, las risas, los regaños de la abuela Ángela Galviz. Los chistes del viejo Trino Vega, el canto de los pájaros. Le encantaban los días, las horas, los minutos. Se sentía feliz, inmensamente feliz. Gritaba, reía...reía más que un boquino en un parque comiendo mazorca.
 
Según mi papá él era el mejor aliado de su madrina. Mi papá no se cansa de hablar de su madrina. A veces se torna cansón, pero yo lo escucho. Lo escucho con mucha atención sobre todo cuando me cuenta, lo que más le gustaba a su madrina. - dice- me metía entre el medio de las piernas y empezaba a repasar las lecciones.
 
Y dígame Fausto, cómo se escribe la letra que parece una casita, dígame Fausto cómo se escribe el número que parece un patico, y dígame Fausto cuál de las letras es la que tiene un puntico, y dígame Fausto cuál de las letras es redondita, y dígame Fausto cual es el número que parece un palito.... Y cuál es el tres, y cuál el cuatro, y cuál el  cinco, y cuál el seis, y cuál el siete y cuál el ocho y cuál el  nueve, y... y  hasta que se quedaba fundida en el desgranadero del maíz.
 
Dice mi papá que lo más chistoso de todo este desenfreno,  era la salida del medio de las piernas. Contenía la respiración y se iba moviendo lenta, muy lentamente, hasta liberarse por completo de las faldas de su madrina. La observaba, sentía compasión por ella, pero al mismo tiempo era feliz con ella.
 
Me contó mi papá que su madrina era intensa y que se movía de manera epiléptica, que a veces pensaba que la epilepsia y el amor eran análogos, que tenían mucho que ver con los estertores de la muerte. Sobre esto yo pienso que mi papa estaba errado. Cuál epilepsia y cuál muerte, cuánto diera yo por hacer las líneas imaginarias que hacía mi papá y trabajar con el lenguaje no verbal representado por los palitos de colombinas.
 
De todos modos dice mi papá que él no hubiera sido él, si no hubiera sido por su madrina. Que la muerte de ella fue un libro que ardió, parodiando a  los literatos. Yo me imagino a la madrina de mi papá abriendo la boca como se abre un libro. Aunque mi papá decía que ella abría la boca y cerraba las piernas y que la sensación que sentía era la misma que como cuando se lee un buen libro.
 
Mi papa salió experto en libros, en lagartijas, en hechuras del amor y en mantener  el pico cerrado.
 
Mi papá es experto en amarres, bueno experto en tejemanejes. Para llegar a donde vive mi papá hay que subir peldaño tras peldaño unas escaleras cuya cúspide es infinita. Algunos han llegado hasta la mitad del camino, empiezan y nunca terminan. Vértigos, desmayos, etc.
Pienso que esta es una estrategia de mi papa para que nunca sepamos cómo es que él hace sus amarres.
"Algún día te dejaré mis amarres hijo, el cisne no canta todavía" -me dijo- Mi papá es un misterio. La historia de su madrina es otro misterio. Cuando por curiosidad intento subir las escaleras me viene a la mente Búfalo Bill y para abajo se dijo, como cuando intentamos subir una vara de premio. Desde entonces no he vuelto a hablar con mi papá. Ahora hablo solo. Se hablar a los perros y a los celadores. He aprendido el lenguaje de los gatos. He aprendido a ser fiel como un perro, pero no como cualquier perro. He aprendido del silencio del búho, pero no como cualquier búho. He aprendido a celar, pues soy el celador de mi propia soledad.
 
El reverendo Nevardini ha observado mi conducta  a él le dije que me gustaría tener una madrina como  la que tiene mi papá. Y me respondió nadie se baña en el mismo río dos veces hijo, y lo entendí. Como nos vamos a bañar dos veces en el mismo río si yo he leído que el río es la vida y la vida lo que hace es fluir entre la realidad y el sueño.
 
El reverendo intervino nuevamente, hijo quiero que te salves de la esquizofrenia y la vacuidad, El verdadero rostro de  tu deseo, siempre lo has tenido. Y no creas que es una broma. Entre un sentido y otro, el verdadero rostro de la madrina de tu papá  está inscrito, lo puedes encontrar en el registro civil de tu nacimiento.
 
Cuento  meritorio primer concurso regional del cuento, realizado por la Biblioteca pública Páez Courvel Ocaña, Febrero de 1991
Publicado por ciudadOcana.com
09:28 PM - 31 de enero de 2010
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